Todo lo que termina, termina mal.
Por Martín Zuleta, Abogado, Docente.

La novela de Martín Guzmán terminó, y terminó al estilo de una letra de Calamaro: de la peor manera. La salida de Guzmán y la designación de su reemplazante desnudaron una crisis política de una magnitud imposible de cuantificar a estas alturas. Lo que ha quedado claro es que la vicepresidente, principal impulsora de la salida de Guzmán, es la que impuso a la nueva ministro y que el kirchnerismo va copando todas las áreas de gobierno. Los grandes perdedores de esta novela fueron los gobernadores y Sergio Massa. La coalición ha perdido demasiado terreno y hoy está respondiendo sin dudas a la tradicional lógica del poder kirchnerista.

El momento de la salida no fue inocente, y es toda una señal de que la responsable fue Cristina. Pero también Guzmán dió claras muestras de que su partida no estaba consensuada con el presidente. Todo lo contrario. Alberto se enteró por los medios al mismo tiempo que Doña Rosa. El desmanejo y la improvisación se apoderaron de la Casa Rosada, y el país vivió horas de angustia a pocos días de que el presidente manifestara que la crisis económica era una crisis de “crecimiento”. Según el gobierno, Guzmán renunció en pleno auge económico. El relato oficialista está cada vez más divorciado de la realidad y el ministro saliente se encargó de mostrarlo.

La elección de Batakis, del riñón kirchnerista, está marcando un giro sin retorno de la gestión hacia el kirchnerismo más rancio, por lo que es de esperar que la cartera económica sea incapaz de encarar reformas sustanciales las que desde ahora deberán contar con la venia indiscutida de Cristina. Nadie se atreve a decirlo, pero con Batakis se pone en dudas el cumplimiento del acuerdo con el Fondo y es de seguro que la cartera económica asuma un perfil de “modo electoral” muy propio del kirchnerismo. En estas condiciones esperar una reducción del gasto público, baja de la presión impositiva y acumulación de reservas para el pago de los compromisos de la deuda es de una ingenuidad supina. El kirchnerismo está en campaña electoral y desde el palacio de hacienda se preparan para activar su ya conocido látigo para someter a quienes cometan la osadía de enfrentar a la “Jefa”.

El retorno de Cristina al poder ya está en marcha y los gobernadores oficialistas serán los primeros en sentir el rigor k. Así como el gobierno viró definitivamente al kirchnerismo, en los próximos meses veremos a los gobernadores justicialistas arrodillarse una vez más ante el kirchnerismo. El miedo no es zonzo, y los gobernadores saben que Alberto es tiempo pasado. El presidente dilapidó todas sus chances de liderar al oficialismo, y los gobernadores peronistas son los últimos desencantados.

Mención aparte merece el “massismo”, cuyo líder ha quedado totalmente neutralizado por el kirchnerismo. Sergio Massa es hoy el único garante que tiene Alberto frente al “establishment financiero internacional” y, terminada exitosamente la operación contra Martín Guzmán, de seguro el kirchnerismo se encargará a partir de ahora de acabar con lo poco que queda del massismo en el gobierno. Las críticas de Cristina contra Guzmán eran un tiro por elevación a Sergio Massa, que representa lo único confiable que tiene el gobierno para calmar a los mercados. Massa era el sostén político de la gestión económica de Guzmán, y pese a que tiene una imágen devaluada en la opinión pública nacional sus contactos en Estados Unidos y su poder de lobby significaron un espaldarazo importante para que el gobierno acordara una reestructuración de la deuda con acreedores privados y luego con el FMI. Muchos allegados a la vicepresidente creen que ha llegado la hora de pasarle las facturas del pasado al tigrense. Massa está más fuera que dentro del gobierno y su supervivencia dependerá de cuánto aguante los embates del kirchnerismo. Es de esperar que agache la cabeza y acompañe ya que sabe que ha perdido toda credibilidad frente al electorado. Cristina también lo sabe, y el desembarco de Scioli en el gobierno junto a la elección de Batakis son un claro mensaje para el massismo. Cristina está midiendo la tolerancia de la tropa tigrense. Ya lo dice el evangelio: “el discípulo no es más que su maestro”, y la Jefa se encargará de dejarlo en claro.

Más allá de todos los análisis económicos que puedan hacerse, la realidad es que la crisis actual es una crisis política de la coalición de gobierno que termina repercutiendo en el campo económico. Guzmán no pudo presentar un plan económico creíble porque en el fondo no contaba con el apoyo político de Cristina, y en el futuro ningún ministro de economía podrá implementar ningún plan sin aval del kirchnerismo. Alberto Fernández está debilitado y ya nadie cree que conduce al gobierno. En estas condiciones el panorama que deberá enfrentar el país es realmente muy complicado, ya que a la crisis económica se le sumarán la aplicación de políticas populistas muy propias del kirchnerismo (el salario universal es un claro ejemplo) que para nada van en sintonía con el cumplimiento de los compromisos internacionales. El populismo necesita caja, y no tendrá reparos en arremeter contra los sectores productivos y aplicar políticas económicas de expansión del gasto público. El acuerdo con el FMI no estará entre las prioridades del gobierno. Tampoco cuidar a la coalición de gobierno. Comenzó el retorno del kirchnerismo donde los grises no existen. Se terminó la coalición de gobierno y todo lo que termina, termina mal.

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