A seis años de la partida de Ernesto Picot

Por Lisandro Nahuel Cárdenas Balmaceda

La primera vez que lo vi a Don Ernesto Picot, fue en la plaza de Santa Lucía. Por aquel entonces, yo tenía unos 9 años, y contaba ya con cierta exacerbada pasión (si vale la expresión) por el club San Lorenzo de Almagro: de coleccionar camisetas, tazas, recortes de diarios, figuritas de Oscar Passet, el “Negro” Silas, Ruggieri, el “Beto” Acosta, “Pipo” Gorosito, e ilusionarme con otros que daban sus primeros pasos, como Romagnoli, y el recordado Mirko Saric.

Yo me encontraba con mi abuelo, esperando el paso de una carrera de bicicleta (deporte que practiqué en aquella primera niñez), en Gral. Paz y Aberastain, junto a la entrada del edificio municipal. Mi abuelo, mirando hacia el sur, me dijo: “¡Ahí está el `Negro` Picot! Vení que te voy a presentar a uno que ha jugado en San Lorenzo, este era un crack”.

Mi abuelo lo saludó, yo lo saludé; me llamaron la atención inmediatamente la cicatriz en su rostro y la calidez humana en el trato. Ellos entablaron una conversación, don Ernesto le contó que hacía algún tiempo que estaba trabajando, ahí cerca, en el Club Alianza, con los más chicos. “¿No queres ir ahí?”, me preguntó mi abuelo. Asentí con la cabeza (ilusionado, también, por la oportunidad de escuchar alguna anécdota de como era por dentro el San Lorenzo que yo seguía desde San Juan). “Llévelo tal y tal día, a tal horario, hable con fulano, y que vaya vestido para entrenar”.

Al día siguiente fuimos a comprar los botines, y pocos días después los guantes (porque la predisposición mental para ser arquero, la tengo desde entonces). Así, pienso hoy, con cierto halo romanticista quizás (como todo cuervo) que don Ernesto capturó y encauzó cierto universo de casualidades, cuyo resultado derivó en que yo conociera otra entrañable pasión: la del cariño a esa camiseta celeste, blanca y bordó.

Han pasado seis años de la desaparición física de Don Ernesto, el Negro, el Maestro para quienes tuvimos el placer de ser dirigidos por él en Atl. Alianza. Un maravilloso ser humano, gran docente del fútbol y sus más lúcidos valores, para con los niños y jóvenes. Siempre presto a brindar su ayuda a los planteles de 1ra División, cuando “las papas quemaban” (recordarán varios el “que de la mano de Don Ernesto, toda la vuelta vamos a dar”).

En sus últimos años recibió algunos merecidos reconocimientos en el Club Atletico de la Juventud Alianza, cargados de simbolismo, que espero, los haya disfrutado, a pesar de que su inusitada humildad y sencillez generara una inclinación a no recibirlos. También, la Peña “SAN JUAN Y Boedo” se autoreferenció bajo el nombre de Don Ernesto Picot (decididamente, pudimos meter aquí la cuchara para que así fuera), y tal cual se conoce dentro de la inmensa red de peñas azulgranas distribuidas en todo el mundo. Hoy en día, en una hermosa expresión de justicia poética, la Escuelita de Fútbol donde cientos de lechucitos militan actualmente, también recibió su nombre: “Escuela de Fútbol Ernesto Picot”.

El legado que desinteresadamente esparció don Ernesto, lo mantiene en vida en la memoria y en el presente de todos quienes de una u otra forma, lo recordamos, con el más profundo de los respetos y un no menos profundo cariño.

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